Rayuela en el Senado: ellos saltan al cielo de los 10,2 millones, el pueblo al infierno del alquiler
La cifra que llegó de madrugada
En la madrugada, cuando Buenos Aires dormía con un ojo en la inflación y el otro en las góndolas, apareció un número que no necesitaba maquillaje: 10,2 millones de pesos brutos. No entró por la puerta de un debate abierto ni se coló por el ventanal de la transparencia. Se deslizó como en Casa tomada: un murmullo que invadió pasillos y oficinas, hasta que el Senado quedó tomado por un fantasma con forma de paritaria.
La noticia fue irrebatible: los senadores cerraron un acuerdo que eleva sus dietas por encima de los diez millones. Afuera, el eco de ese número golpeaba como cacerola en balcón. No importaban las explicaciones, los porcentajes ni las comparaciones. El país, habituado a convivir con cifras infladas, se detuvo en esa: demasiado grande para ignorarla, demasiado injusta para digerirla.
La rayuela de los sueldos
En la Rayuela de la política, los casilleros están dibujados con tiza en la vereda del Congreso. Uno se llama básico, otro viático, otro pasajes, otro representación. Los legisladores saltan con destreza; la piedra siempre aterriza en el cielo.
El pueblo juega otra partida: casillero del alquiler, casillero del kilo de pan, casillero del colectivo. Cuando llega al casillero ocho, la piedra se le cae en el infierno de la inflación. Nunca alcanza el cielo.
Cortázar lo advirtió con ironía: “La rayuela se juega con una piedrita, pero también con el cuerpo, con el alma entera”. Y aquí, mientras los senadores empujan la suya hasta el casillero de los 10,2 millones, el pueblo se arrastra con el alma entera en la rayuela del supermercado.
Bestiario de la dieta
El nuevo salario no es un número: es un animal. Un monstruo de Bestiario que camina por los titulares como jaguar en el pasillo de una casa. Los senadores creen que es apenas un ajuste paritario, una criatura domesticada por la inflación. Pero en las calles, ese jaguar se percibe como un depredador que devora confianza y arroja bronca.
La comparación es zoológica: el sueldo mínimo ronda los 330 mil pesos; la jubilación mínima, los 290 mil. El salario legislativo, en cambio, trepa a los 10,2 millones. Entre esos mundos hay un salto de especie: de roedor a felino salvaje. Y en Argentina, cuando la distancia se vuelve tan animal, el zarpazo lo recibe siempre el ciudadano.
La autopista del sur: detenidos en privilegios
La sesión del Senado fue un espejo de La autopista del sur. Autos detenidos, nadie avanza, todos se justifican.
—No es aumento, es actualización —dice un senador.
—No es privilegio, es equiparación con el Poder Judicial —agrega otro.
Afuera, la gente observa el atasco legislativo como quien espera un colectivo que nunca llega. El tiempo pasa, la vida se encarece, y los legisladores permanecen en un carril exclusivo, inmóviles, mirando el embotellamiento social desde la ventanilla.
Final del juego: la foto eterna
El anuncio quedó petrificado como en Final del juego. Los senadores posan: unos incómodos, otros indiferentes, algunos hasta sonrientes. La foto pesa más que la planilla. Una dieta de 10,2 millones junto a un salario mínimo de 330 mil es un retrato que no necesita pie de página.
El juego es perverso: ellos posan para la eternidad, mientras la sociedad juega a tachar del changuito el litro de leche o el corte de carne. Afuera, los cronopios se indignan en redes, pero saben que al final de la partida no habrá cielo para ellos, solo casilleros gastados.
Cronopios y famas del Senado
Si Cortázar contara esta historia, diría que los senadores son famas: organizados, meticulosos, obsesivos en papeles que justifican sus dietas. Y que los ciudadanos son cronopios: ingenuos, desordenados, obligados a inventar la vida con creatividad para sobrevivir.
Los famas cierran paritarias de millones; los cronopios cierran la heladera para que no se escape el frío. Los famas viajan con pasajes oficiales; los cronopios hacen cuentas para cargar la SUBE. Dos mundos paralelos que se cruzan solo en el acto de votar, esa rayuela simbólica donde, cada dos años, la piedra cae siempre del lado del poder.
Casa tomada: expulsados por la bronca
La metáfora vuelve sola: el Congreso como Casa tomada. No son presencias invisibles las que expulsan a los legisladores, sino la bronca social. Cada aumento los empuja un poco más afuera de la confianza ciudadana.
En el cuento, Irene y su hermano dejan la llave en la puerta y se van resignados. En esta crónica, los senadores dejan la paritaria firmada y se refugian en explicaciones técnicas. El resultado es idéntico: la casa ya no les pertenece.
La isla a mediodía: espejismo de los 10,2 millones
Para algunos senadores, el aumento es apenas un espejismo. Comparado con otros salarios estatales, dicen, no resulta excesivo. Pero la gente no compara con jueces ni gerentes: compara con su recibo de sueldo.
En La isla a mediodía, un hombre sueña con vivir en una isla perfecta que, al final, resulta inalcanzable. Así también, los argentinos miran el sueldo de 10,2 millones como un espejismo: se ve desde lejos, pero nunca se toca.
La rayuela interminable
Argentina sigue jugando a la rayuela con su clase política. Los senadores lanzan la piedra hacia el cielo de los 10,2 millones. El pueblo tropieza en el casillero del alquiler, de la inflación, del supermercado. Los dos juegos se dibujan en la misma vereda, pero nunca coinciden.
La pregunta es cortazariana y brutal: ¿de qué sirve alcanzar el cielo de la rayuela política si el pueblo habita el infierno del casillero tres?
Un cronopio, con su lucidez absurda, lo resumiría en una frase que duele como diagnóstico: “Lo peor no es que nos falte destino, sino que nos sobre rutina”.
Y así, entre cifras desmesuradas y metáforas prestadas, el Senado argentino juega su propia rayuela: salta al cielo de los 10,2 millones, mientras el pueblo cae al infierno del alquiler.
FUENTE : Iván Nolazco
Editor de opinión de Tribuna de Periodistas
Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias