Internacionales. El G7 y los poetas malditos: una cofradía de elegantes cadáveres
Hay algo profundamente literario en el G7. No por su lucidez, sino por su decadencia. Como aquellos poetas malditos que describía Verlaine —genios ebrios, hermosos y rotos, viviendo de rentas simbólicas mientras el mundo cambiaba afuera—, las siete potencias que se reúnen cada año alrededor de una mesa lustrada ya no gobiernan el futuro: lo recuerdan.
El G7 no es un órgano de poder. Es un salón de nostalgia geopolítica.
Estados Unidos llega como un Baudelaire envejecido, que aún cree que Las flores del mal pueden pagar el alquiler del imperio. Francia aparece como un Rimbaud arrepentido, que abandonó la rebeldía para administrar una oficina de turismo. Alemania actúa como Mallarmé, obsesionado con la forma, incapaz de decir algo nuevo. Japón es un poeta silencioso atrapado en haikus financieros. Italia, Canadá y el Reino Unido completan la tertulia como viejos bohemios que siguen discutiendo quién fue más importante mientras la juventud ya escribe en otro idioma.
Y afuera, el mundo.
China, India, Brasil, África, el mundo islámico, Eurasia, los BRICS… escriben otra poesía, con otra métrica: fábricas, minerales, demografía, infraestructura, tecnología. No piden permiso. Publican.
El G7, en cambio, corrige pruebas de imprenta de un libro que ya nadie compra.
El capitalismo como absenta
Los poetas malditos bebían absenta para soportar la lucidez.
El G7 bebe deuda, emisión monetaria y sanciones.
Como aquellos artistas que vivían de adelantos editoriales y reputación pasada, estas potencias viven de moneda fiduciaria, control financiero y memoria histórica. Ya no producen lo que el mundo necesita: producen narrativa.
Hablan de “valores democráticos” como Verlaine hablaba de la belleza: con solemnidad, sin saber muy bien qué significaba ya.
Hablan de “orden internacional” como Baudelaire hablaba de París: una ciudad que existía solo en sus poemas.
El problema es que el mundo dejó de leer ese libro.
La cumbre como tertulia bohemia
Cada cumbre del G7 parece una reunión en un café parisino del siglo XIX:
—“Debemos contener a China”.
—“Debemos aislar a Rusia”.
—“Debemos disciplinar al Sur global”.
Como poetas que se quejan de que nadie compra sonetos mientras la gente escucha jazz, el G7 se lamenta de que el mundo comercie sin pedirles permiso.
No gobiernan las rutas marítimas.
No controlan los minerales críticos.
No tienen la demografía.
No dominan la manufactura.
Pero aún creen que la palabra impresa manda.
Como los poetas malditos, confunden prestigio con poder.
El BRICS como realismo brutal
Si el G7 es simbolismo decadente, los BRICS son realismo sucio: carreteras, puertos, monedas alternativas, swaps, satélites, energía, alimentos.
Mientras el G7 discute comunicados, los BRICS construyen oleoductos.
Mientras el G7 amenaza, el Sur Global comercia.
Mientras el G7 sanciona, Asia conecta.
Los poetas malditos se quedaron solos escribiendo para sí mismos.
El G7 también.
La estética del poder perdido
Hay algo patéticamente hermoso en la coreografía del G7: trajes perfectos, sonrisas diplomáticas, copas de cristal, discursos pulidos.
Como esos poetas que posaban para daguerrotipos sepia mientras no tenían para comer, el G7 cuida la estética de la autoridad mientras pierde la materia del poder.
La verdadera hegemonía hoy no está en las cumbres, sino en los cables submarinos, en los corredores bioceánicos, en las zonas francas, en los puertos secos, en los swaps de monedas, en las cadenas de suministro.
Eso no es poesía.
Eso es contabilidad imperial.
Y el G7 ya no la lleva.
El final de la bohemia
Los poetas malditos murieron pobres pero legendarios.
El G7 corre el riesgo de morir irrelevante pero elegante.
Seguirán reuniéndose.
Seguirán publicando comunicados.
Seguirán hablando de reglas que ya no pueden imponer.
Como viejos artistas, seguirán diciendo:
“Antes el mundo nos escuchaba”.
Y es cierto.
Pero el mundo ahora escucha a otros.
Porque la historia, como la literatura, no perdona a quienes confunden el pasado con el futuro.
El G7 no es un directorio del poder global.
Es una antología de glorias pasadas.
Hermosa.
Solemne.
Y, como los poetas malditos, destinada a ser leída más por nostalgia que por influencia.

Editor de opinión de Tribuna de Periodistas
Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias
