El retorno del “Plan Andinia”, el fuego del odio.
No falla. Cada vez que el humo de los incendios cubre el cielo de nuestra Patagonia, reaparece en redes sociales y en ciertos círculos políticos un humo mucho más tóxico: el de la conspiración antisemita. Mientras el fuego devora bosques, viviendas y trabajo, la razón vuelve a ser la primera víctima.
En los últimos días comenzó a circular, con alarmante naturalidad, una campaña que vincula a “israelíes” o “judíos” con los incendios en la Patagonia bajo una narrativa tan conocida como peligrosa: provocar el desastre para desvalorizar las tierras y luego comprarlas por monedas. No es una denuncia seria, no es una investigación fundada, no es un debate ambiental. Es un mito. Es odio reciclado. Es antisemitismo en su versión más elemental.
Desde hace décadas, la Argentina arrastra el mito del llamado “Plan Andinia”, esa fantasía trasnochada que sostiene que existe un plan secreto para amputar el sur del país y crear un segundo Estado judío. Lo que hoy vemos no es algo nuevo, sino una versión “actualizada” y aún más peligrosa de la misma mentira. Ayer eran mapas delirantes y teorías geopolíticas absurdas; hoy son incendios forestales. Cambia el formato, no la matriz mental.
El Plan Andinia es una de las más persistentes teorías, que habla una supuesta conspiración judía que buscaría apoderarse de la Patagonia. Fue creada en 1971 por un profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires, Walter Beveraggi Allende. Allí se actualizan viejas acusaciones de Los Protocolos de los sabios de Sion, aplicadas a la situación argentina.
Esta campaña no es casual ni orgánica. Es una operación de posverdad diseñada para canalizar la angustia social frente a los desastres ecológicos hacia un chivo expiatorio histórico. Los argumentos se repiten con una precisión inquietante:
-Se acusa a jóvenes mochileros israelíes, que viajan tras terminar su servicio militar, de ser “agentes de inteligencia”.
-Se vincula la mera presencia de turistas con focos ígneos sin una sola prueba judicial.
-Se agita el fantasma de la “extranjerización” exclusivamente cuando los nombres involucrados suenan a hebreo.
No hay datos, no hay investigaciones, no hay causas judiciales. Hay sospecha identitaria. Y eso tiene nombre.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la existencia de esta teoría, sino quiénes la amplifican. Y aquí aparece un dato que no puede soslayarse: una de las principales difusoras de esta narrativa fue la locutora Marcela Feudale, quien desde su lugar de influencia comunicacional replicó y legitimó la sospecha colectiva sobre “los israelíes” como responsables del desastre. No se trató de un comentario marginal ni de una confusión inocente, sino de la amplificación de un prejuicio histórico desde un micrófono con llegada masiva.
Cuando una figura pública reproduce este tipo de relatos sin pruebas, sin rigor y sin conciencia del daño que provoca, deja de ser una opinión y pasa a ser una operación cultural. Porque no señala responsables concretos: señala identidades. No denuncia hechos: insinúa conspiraciones. Y en ese gesto convierte a una comunidad entera en sospechosa permanente.
El peligro real: de la pantalla a la calle
Estas teorías no se quedan en un tuit o en un video de TikTok. El discurso de odio es el combustible; la violencia física es la llama. Cuando se señala a un grupo específico como responsable de una tragedia natural, se está otorgando una autorización implícita para la agresión.
Estamos frente a una técnica clásica de la propaganda antisemita: tomar un problema real, el manejo del fuego, la política ambiental, la propiedad de la tierra, y envolverlo en una narrativa de dominación mundial y despojo. Es la versión patagónica de los Protocolos de los Sabios de Sión.
El antisemitismo moderno rara vez se presenta con esvásticas. Hoy se disfraza de soberanía, de ecologismo, de “crítica al sionismo”. Pero cuando la premisa es que los judíos, o el Estado de Israel, actúan como una entidad malévola y coordinada para robarnos el país, estamos frente a antisemitismo puro y duro.
La verdad no tiene fuego que la consuma. Pero el odio, si no se detiene a tiempo, termina quemándonos a todos.
Columnista de Análisis y Opinión
